El Beso, de Gustav Klimt, es uno de mis cuadros favoritos, está justo delante de mi sofá, lo veo siempre que estoy aquí sentada, iluminado por la lámpara de piedra que hay sobre la mesita blanca. Me sugiere la protección del hombre amado, él la rodea con sus brazos y ella se duerme tranquila. Según los críticos, Klimt los sitúa en un campo y a ella al borde de un precipicio del que escapa aferrándose a él y clavando los dedos de sus pies en la tierra, se ha interpretado como un símbolo del peligro de la relación entre klimt y su buena amiga Emile Flöge y también del fracaso de la emancipación de la mujer que se estaba dando en esos momentos, principios de siglo XX.
A mi me sugiere amor, mucho amor, protección y seguridad. La mano de ella rodea su cuello y sus dedos no están rígidos. Creo que ella necesita su amor y su protección, estar dentro de esa burbuja de flores y purpurina. No me molesta que el esté más arriba de ella, siempre he creído que el hombre si es más alto mejor, te sientes más protegida y te puedes acurrucar mejor en su hombro. Se ha interpretado como símbolo del dominio masculino, yo no lo veo así. Es como volver a ser una niña, papa nos arropa y nos da las buenas noches y sabemos que no tenemos por qué tener miedo porque papa está cerca para cuidarnos, es esa sensación. Por eso me cuesta dormir si no estás, me da miedo estar sola, me da miedo la oscuridad, el silencio y… el precipicio.
