Hace un mes decidí hacer algo por mi bien, quería practicar algún deporte o actividad pero que no fuera demasiado activo, de sudar poco vaya. Al fín decidí que Pilates estaba pensado para mi. Empecé las clases y me encantó. Dos días a la semana me tiraba en una esterilla a respirar, meter el ombligo y estirar todo el cuerpo. Sales de la clase totalmente nueva y relajada, vuelves andando a casa contenta de haber hecho algo después de un largo día de trabajo. Te reanima, reconforta, te evade del cansancio diario. Todo muy bien una vez que sales, pero esto es como ducharse en invierno, da una pereza que te mueres. Trabajo de siete de la mañana a seis de la tarde con media hora de descanso para comer, y llegar a la clase de pilates a las siete se me hace una meta imposible de alcanzar, por mucho que sepa que saldré flotando de felicidad.
Lo que más joroba es que no voy y después me arrepiendo al ver esta tripilla que se está relajando demasiado y está pidiendo a gritos una visita al doctor Pilates. El trabajo cansa, y llegar a casa es un placer increible, tumbarse en el sofá después de ducharse con el pijamita toda una experiencia, pero todos los días es lo mismo y eso también cansa.
Estoy pensando comprar el DVD y traerme a Pilates a casa, no sería mala idea. Jose dice que no es buena idea, no tiene nada que ver. Ya veremos que hago. Ni piscina, ni bici, ni Pilates ni nada de nada, me apunte a lo que me apunte no consigo durar más de un mes en nada, es una enfermedad, no tengo voluntad, que le voy a hacer… A Carmen, mi compañera de respiraciones decirle que no se enfade con esta vaguita para el deporte, intentaré volver a cogerle el tranquillo cuando volvamos al horario normal.