El viernes pasado, en nuestra habitual reunión de cerveceros, Jose estuvo muy inspirado al decir: “soy un hombre rutinario, pero me gusta disfrutar de mi rutina de manera poco rutinaria”. Tenía mucha razón en una frase aparentemente rebuscada y retorcida. Lo demostraré con varios ejemplos. Sigo asistiendo a clases de Pilates, es una rutina muy saludable que puede dar sorpresas aunque no tuviera por qué. El martes pasado, cuando terminaba una clase bastante intensa con pelota, la profesora se dirigió a mi para decirme ¡delante de todas mis compañeras! que podía ir a pasar el rato pero que si no me esforzaba por hacer los ejercicios bien no iba a progresar nada. Me quedé helada, se me saltaron las lágrimas y todo porque no me lo esperaba, creía de verdad que lo estaba haciendo súper bien. Me marché enfadada pensando que no iría más pero luego me revelé y dije que no, que se iba a enterar de lo bien que lo puedo llegar a hacer. En el fondo creo que no le faltaba razón, siempre he sido de aprobar con un cinco, no estoy acostumbrada a luchar por la perfección. Jose me llama filmaker, melodramática, y tiene razón, soy así que le vamos a hacer. Por eso hoy voy a Pilates de forma poco rutinaria, ya que lo voy a dar todo en esta clase, me concentraré, respiraré, meteré ombligo y apretaré todo lo que tenga que apretar hasta que reviente.
Continuará…
Hace un mes decidí hacer algo por mi bien, quería practicar algún deporte o actividad pero que no fuera demasiado activo, de sudar poco vaya. Al fín decidí que Pilates estaba pensado para mi. Empecé las clases y me encantó. Dos días a la semana me tiraba en una esterilla a respirar, meter el ombligo y estirar todo el cuerpo. Sales de la clase totalmente nueva y relajada, vuelves andando a casa contenta de haber hecho algo después de un largo día de trabajo. Te reanima, reconforta, te evade del cansancio diario. Todo muy bien una vez que sales, pero esto es como ducharse en invierno, da una pereza que te mueres. Trabajo de siete de la mañana a seis de la tarde con media hora de descanso para comer, y llegar a la clase de pilates a las siete se me hace una meta imposible de alcanzar, por mucho que sepa que saldré flotando de felicidad.
He estado una hora de reloj buscando y buscando pero nada. No hay web oficial de Manolo Blahnik. Vi los primeros Manolos en Sexo en Nueva York, mi serie favorita. Sé que nunca podré tener unos pero me hubiera gustado ver los modelos por internet para conformarme con soñar esta noche con ellos, pero no ha sido posible, no hay web. Intento explicarlo pensando que el gran Blahnik no quiere publicidad para que no le plagien, es un producto tan exclusivo que solo pueden acercarse a los ansiados zapatos las personas con mucho, mucho dinero, o bien posición social. A los demás nos gustaría al menos poder admirarlos, apreciar el arte de un maestro que consiguió que un zapato merezca que se pague por él más de 500 €, todo un mérito.